SU MAJESTAD
Aun conservaba la belleza de sus años de adolescente.
Piel blanca, pelo negrísimo que hacia un contraste lindo con sus ojos color aceituna, sus mejillas redonditas siempre sombreadas de rubor natural, un cuerpo hermoso que se adivinaba aun por sobre la burda tela del uniforme. Peinada sencillamente y casi sin maquillaje, parecía brillar y siempre llamaba la atención de los clientes del lugar, pues tenia un cierto aire de dignidad y elegancia al caminar entre las mesas de aquel cafetín.
Tenia los pies hinchados y un dolor de espalda como hacia mucho no sentía. Fue un día pesado, con mucha clientela por atender.
Trabajaba hacia diez años en aquel pequeño lugar en pleno centro de la ciudad.
Eran casi las once de la noche, la jornada se había alargado con un grupo de oficinistas bulliciosos instalados en una mesa al fondo del local que celebraban algo.
Con gesto cansado se quitó la bata que hacia las veces de uniforme, la guardó en el bolso que se colgó al hombro y después de despedirse de sus compañeras que estaba tan exhaustas como ella echo a andar hacia el paradero de buses, bajo el abrigo de un pequeño paraguas que la protegía de la ligera llovizna que a esa hora bañaba la ciudad.
Caminaba sin pensarlo mucho, ese recorrido diario lo sabia de memoria, los baches y accidentes en el asfalto, los vendedores ambulantes, los anuncios luminosos, mientras esto hacia aun recordaba el encuentro de aquella tarde.
Tenia olvidados aquellos días, o por lo menos así lo creyó hasta ese lunes cuando vio a su antigua amiga de colegio entrar al establecimiento, hacia tanto tiempo que no la veía, desde aquellos turbulentos días del reinado.
Siempre se instalaba, en una silla detrás de la caja registradora desde donde podía ver la calle y la puerta de entrada, quien entraba, no se percataba de su presencia, así que tuvo tiempo de esconderse y pedirle a otra de sus compañeras que atendiera la mesa en la que se acomodo la pareja y dos niños gemelos como de 7 años.
Salió a un pequeño patio contiguo a la cocina donde se tomo unos minutos para encender un cigarrillo y perderse en sus recuerdos.
Regresaron sus días de escuela, asistía a un colegio publico a donde iban muchachas de clase media baja, que vivían en los barrios aledaños, habitados por familias de bajos recursos.
Provenía de una familia no muy grande, su padre obrero de la empresa embotelladora de gaseosas de la ciudad, su madre ama de casa que en los ratos robados a sus labores hogareñas atendía un pequeño salón de belleza habilitado en una habitación de la casa y su dos hermanos varones, uno mayor que ella y el otro el benjamín de la casa.
Siempre le dijeron que era bonita, creció escuchando las alabanzas y piropos a su belleza, así que para nadie fue una sorpresa cuando el comité de vecinos del barrio solicitó a sus padres que le permitieran ser candidata al reinado popular de la ciudad.
Cursaba el ultimo grado de bachillerato, en el colegio departamental que en aquel tiempo era solo femenino.
Aquel concurso de belleza era una oportunidad de cambiar el destino, todas las jovencitas de su edad soñaron alguna vez con participar en el y ella no había sido la excepción, Mientras rogaban ella y su madre al padre que concediera el permiso, soñaba con las cosas que podría conseguir si ganaba la corona.
Viajes, ropa linda, quizá hasta un “buen partido” algún profesional con una posición económica desahogada que la sacara de aquel barrio de pobres en el que detestaba vivir.
El padre termino por rendirse ante los ruegos de las mujeres, mas por cansancio que por convicción, sabia que seria difícil, aquel compromiso demandaba sacrificios económicos, así se lo hizo ver a su esposa. Ella no se daba por vencida ante los argumentos del marido, ya encontrarían la manera de solucionarlo. Contaba con unos ahorros y trabajaría el doble en su saloncito de belleza, su nena participaría, seguramente tan hermosa como era no tendría competencia.
En los días anteriores a la elección las candidatas visitaban diversos lugares de la ciudad, como era apenas obvio debían ir ataviadas con sus mejores galas, les habían prometido ayudas económicas que nunca llegaban y ante la urgencia la madre no hacia sino endeudarse cada día un poco mas con un vestido aquí o un par de zapatos allá, lo que no la preocupaba demasiado, cuando la niña ganara con lo obtenido podrían pagar todo y aun quedarse con más.
Además de los gastos de ella estaban los de la comitiva, su mejor amiga era la vocera oficial, así que también había que proveerla de los suficientes recursos para llevar a cabo su tarea.
Finalmente todos los esfuerzos dieron sus frutos, entre gritos empujones y desorden aquella chica fue coronada .
Los padres lucían orgullosos viendo a su hija desfilar por aquella pasarela improvisada,
El vestido largo rojo forrado de lentejuelas y chaquiras que lanzaban destellos con cada giro, el cetro y la corona de bisutería le daban una majestad especial, casi como una princesa de cuentos.
Vinieron los agasajos , las fiestas, invitaciones de todo tipo, estaba deslumbrada.
Los hombres la asediaban, recibió flores, regalos.
El tiempo apremiaba tenia solo el año que duraba su reinado para conseguir lo que deseaba.
Pronto se desilusionó, se dio cuenta que todo era solo un juego, una gran mentira, nadie la tomaba en serio, era casi como un trofeo para los hombres que intentaban conquistarla, así que decidió tomar lo poco que le ofrecían , divertirse “pasarla bien”. Olvidó estudios, amigas, y hasta aquel noviecito que no dejaba de buscarla a pesar de sus continuos desplantes.
Envuelta en aquella marea no se daba cuenta lo que pasaba a su alrededor, su padre enfermo gravemente, su madre obligada por las deudas vendió la casa y la familia casii arruinada optó por mudarse a un modestísimo apartamento en la periferia de aquella ciudad, a ella no le quedo mas remedio que olvidarse de locas fantasias.
Cundo encontró aquel empleo pensó que sería algo temporal y solo mientras solucionaba los problemas inmediatos.
Los sueños quedaron atrás, la realidad la golpeo sin piedad.
Su pequeño reino eran los limites del lugar donde trabajaba entre doce y quince horas diarias y sus súbditos los parroquianos habituales y casuales que al entrar al establecimiento no podían dejar de preguntarse como una mujer tan hermosa como aquella quemaba sus días en la desacreditada tarea de servir mesas.
Al final de todo aquello solo quedo el recuerdo, un vestido rojo de lentejuelas y por supuesto su hijo.