SOMBRA
De pie ante aquella cama de hospital, mientras la veía respirar con dificultad y con los ojos cerrados, no podía dejar de pensar cuan poco sabia de ella.
Se conocían de toda la vida, siempre estuvieron juntas.
Recordaba la casa de sus padres, grande espaciosa, con pisos de mármol, un sinnúmero de habitaciones amobladas con fino gusto,. Pero especialmente recordaba , el gran jardín delantero sembrado con frondosos árboles frutales y bellos macizos de flores. Lugar donde paso horas y horas felices de su infancia, jugando con sus muñecas, tratando de cazar mariposas o escuchando absorta el canto matinal de los pájaros. Con su perro como único compañero de juegos al que peinaba y vestía con la ropa que sustraía de su guardarropa.
Apenas tenia memoria del momento en que la vio llegar a su casa de la mano de la madre.
Morena, menudita, pelo crespo rebeldísimo peinado con dos coletas a los lados de la cabeza, tendría unos 8 años mas o menos la misma edad que ella.
Ese día la madre se empleaba en la casa como cocinera de tiempo completo.
Curiosa las seguía muy de cerca cuando se instalaban en el cuarto que les fue dispuesto en el ala de la servidumbre.
La llegada de esa niñita fue una fiesta para ella, pues aunque no era hija única, era la menor de cuatro, los mayores tres varones que apenas si se daban cuenta de su existencia ocupados en sus cosas.
Todo cambiaria -pensó- la recién venida se convertiría en su mejor compañía desde aquel momento.
Casi la arrebato de las manos de Maria la nueva cocinera y la arrastro hasta donde tenia armada la casa de muñecas que estaba estrenando, le contaba cosas, se reía con ella le ofrecía caramelos.
Fue como tener una muñeca nueva pero mejor porque era de carne como ella.
Se mantuvieron inseparables mucho tiempo, mientras ella asistía al colegio la otra nena cumplía pequeñas obligaciones, que al ir creciendo fueron en aumento, de pronto ya no jugaron más y ella la olvidó.
La vida pasaba rápidamente, creció y la casa se vio invadida por sus amigas, adolescentes alocadas que se encerraban por horas con ella en la alcoba compartiendo secretos y descubrimientos de mujercitas en ciernes.
La encargada de atender a las invitadas era aquella jovencita que ya formaba parte del servicio doméstico, estaba al tanto de todo lo que ocurría en la vida de la señorita de la casa.
Si bien eran de la misma edad la protegía casi como una madre a su hija, cumplía todos sus caprichos, era cómplice de sus travesuras de pubertad y muchas veces fue castigada por eso, cosa que no parecía importarle mucho, su vida giraba alrededor de la regalona de la casa.
Paso el tiempo, ella se fue lejos a estudiar a una universidad de la capital, solo regresaba por vacaciones mientras la amiga de infancia seguía sirviendo en la casa paterna.
A su regreso después de un noviazgo corto se encontró preparando su boda, toda la casa se volvió una locura, gente entrando y saliendo, pruebas del vestido de novia, despedidas de soltera, amigas bulliciosas emocionadas por aquel gran acontecimiento.
Una vez casada e instalada en la nueva casa nadie lo pensó dos veces, consecuencia lógica la hija de Maria se mudó a servir a la nueva señora.
Su vida transcurrió casi sin contratiempos, entre criar hijos, cumplir compromisos sociales, viajar, y quien siempre estuvo ahí ayudándola fue aquella fiel servidora. Callada, discreta, diligente, mantenía la casa siempre en orden, fue la segunda madre de sus hijos, cuido sus pequeñas enfermedades, atendió sus reuniones sociales, en una palabra siempre estuvo ahí.
Fue su mejor compañía en momentos de crisis, como cuando murieron sus padres o aliviando su duelo después del doloroso divorcio.
De aquellos días sumida en depresión solo venia a su memoria el gusto de aquellas tizanas y la sensación de que alguien la arropaba cuando se sumía en aquel sopor producido por los medicamentos para dormir.
Los años pasaron, los hijos se fueron, en aquella enorme casa solo quedaban las dos, así que ella decidió venderla y se instalaron en un pequeño apartamento suficientemente espacioso, ella en su suntuosa alcoba y la otra mujer en su pequeña habitación de servicio..
No se dio cuenta cuando dejo de comer sola en el comedor y se fue a la pequeña barra de la cocina a compartir los alimentos con ella, charlaron de cosas cotidianas, vieron tv y en los últimos días hasta empezaron a ir a misa juntas.
Aquel día transcurrió sin problemas, pero a eso de las 3 de la tarde cuando despertó de su acostumbrada siesta le extraño no ver la taza de café recién colado sobre la mesita de noche.
Salió a buscarla para reñirle un poco, pensó se había quedado dormida mas de la cuenta, pero la encontró desmayada en el piso de la cocina, intento reanimarla, no lo consiguió así que con ayuda de unos vecinos llamo a una ambulancia que la traslado a la mejor clínica de la ciudad..
Los médicos le informaron de un enfermedad crónica de larga data de la que no tenia posibilidades de sobrevivir.
Quizá –le dijeron- eran sus ultimas horas con vida.
Fue un duro golpe, jamás la escucho quejarse, ni un solo día dejo de trabajar, en esos momentos reparo en todo lo que significaba para ella.
Siempre fue su incondicional, siempre estuvo ahí como su cómplice, su auxilio, en una palabra como su sombra.
Finalmente rectifico ese ultimo pensamiento, mas que su sombra fue un bondadoso ángel de la guarda.
Esa mujer la acompaño a lo largo de su vida ahora a ella le tocaría corresponder acompañándola a la hora de su muerte.