MANGO CON AROMA DE MUJER
HOY VOY COMPARTIR ALGO QUE NO ESCRIBI RECIENTEMENTE, PERO QUE ES ESE HIJO "FAVORITO" QUE TODOS TENEMOS LO ENCONTRE Y REVIVI AQUELLOS MOMENTOS....
Ayer hice el amor con un mango, o, mejor decir, ayer un mango y yo hicimos el amor.
Fue una tarde tropical, soleada, calurosa con un sol enceguecedor,
una de tantas tardes en las que el sudor pega la ropa al cuerpo y uno busca la sombra y algo para refrescarse por fuera y por dentro.
Alguien me regalo un mango, uno que no era como todos.
No venía del mercado sino de un árbol grande y fuerte, un árbol añoso plantado en el fondo del patio de una vieja casona, esparcía sus ramas dando sombra y frutos con generosidad.
Aquel día llegué de improviso a visitar la casa.
Alguna vez fue cita obligada de todos los vecinos del barrio, ahí se encontraban todos en las horas muertas de la tarde, niños enredados en sus juegos, cuidados muy de cerca por niñeras vestidas de blanco, adolescentes de ojos vivaces, matronas con sombrilla en mano intentando hacer mas amable la caricia de los rayos solares.
El motivo principal era el árbol que regalaba sus primeras cosechas, la dueña de la casa se solazaba en la admiración despertada por aquel gigante.
Pero la dicha terminó y la fortuna dejo de sonreír en aquella mansión. Los visitantes no regresaron más.
Ahora ahí sola una anciana miraba su árbol esperando que alguien llegara a la puerta a escuchar sus historias de amores y desamores al cobijo de aquellas ramas cómplices, por un momento me detuve, ella indicándome un antiguo mecedor de madera y mimbre me invitó a escucharla, le brillaban los ojos de recuerdos.
Me contó de un amor lejano que prometió volver, de una blusa blanca de lino que le regaló para ponerse el día de su regreso, me habló de noches verdes y vientos de colores.
Cuando terminó su relato me tomó de la mano y me llevó hasta un cesto lleno de mangos recién cosechados, era el único sustento para la encorvada mujer quien alguna vez lo tuvo todo.
Quiso agradecer mi compañía y me ofreció sus aromáticos tesoros.
Entre tantos lo descubrí, fue como amor a primera vista…….apenas verlo lo supe, era un mango especial, extendí mi mano y casi con una caricia lo tomé anticipando la dicha de saborearlo, mientras pensaba, no podría devorarlo, pondría todos mis sentidos para degustar aquella fruta.
Anticipé el momento a solas con el, uno de total disfrute donde no habría interrupciones.
Solo mi mango y yo.
Me tomo tiempo buscar un sitio en un rincón del jardín de mi casa, quería eternizar las sensaciones, detener el día.
Mis manos acariciaban aquella fruta con éxtasis, apenas si cabía entre las dos, era grande con forma casi redonda, daba gusto sentir bajo los dedos la concha que lo envolvía, suave y tersa, relucía su color amarillo intenso con matices de rojo como dos grandes mejillas al sol.
Era una fiesta a la vista.
Lo acerqué a mi rostro, lo acaricie con la punta de la nariz y me llegó el suave aroma de mango recién cortado, cerré los ojos e imaginé su pulpa derritiéndose en mi boca.
Casi me dolía abrir el corazón del mango, se me ofrecía como un amante en el ritual del amor.
Pero no había más remedio, no podía privar a mis sentidos de ese placer, me apreste a hundir los dientes en la delicada piel, muy suave primero después con mas fuerza hasta sentir las primeras gotas de savia color amarillo mango corriendo por entre mis dedos, la fruta no oponía resistencia muy por el contrario abría su cuerpo entregándome en cada nuevo mordisco todo un mundo de sabores y aromas.
Trozo a trozo gozaba la entrega mutua…..nada me distraía era como si el mundo a mi alrededor no existiera, mango y yo éramos uno.
Aspiraba el perfume esparcido, percibía su gusto jugoso y dulce, mis dedos rozaban su pulpa cual delicada caricia de un amante.
Descubría con cada bocado la sensualidad en ese manjar almibarado y suave, de pronto vino a mi mente la idea de dos amantes en un encuentro amoroso, en la entrega absoluta del tornarse dos en uno.
Aquello fue como hacer el amor.